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Sabores de Córdoba

Una ofrenda a los sentidos

En nuestra historia artística contemporánea cordobesa, es destacable la aportación que el pintor Rafael Romero Barros (Moguer, 30 de mayo de 1832 – Córdoba, 2 de diciembre de 1895). Llegó a la ciudad en 1862 como conservador del Museo de Pinturas de la ciudad, actual Museo de Bellas Artes de Córdoba. Hombre de formación humanista, ejerció de restaurador, profesor, pintor y defensor de nuestro patrimonio. Algunos de sus hijos se dedicaron también al arte pictórico, destacando Julio, quien se convirtió en todo un referente de la pintura cordobesa.

Creó para los amantes del arte unas emblemáticas pinturas en las que el tema central era un elemento icónico del sabor, el olor y el color: la naranja. Su primer acercamiento está en Ramo de naranjas, 1861, hoy en el Museo de Bellas Artes de Murcia, como depósito del Museo del Prado. Esta atractiva pintura supone un acercamiento al naturalismo desde el espíritu romántico, o lo que para algunos es un ejemplo de panteísmo naturalista en el que se sitúa el humanismo del pintor. Como tema único recurre a un mal llamado “ramo” de naranjo con hojas y frutos colgado de un viejo clavo fijado en la pared, al que está atado mediante una cuerda; en realidad se trata de una “rama” de naranjo. Para ofrecer un más acertado naturalismo representa las hojas en un estado próximo a su secado, expresando la intencionalidad de alejarse de la frialdad de los bodegones barrocos, y una mayor posibilidad de trabajar las formas, texturas y colores en una amplia diversidad.

“Creó para los amantes del arte unas emblemáticas pinturas en las que el tema central era un elemento icónico del sabor, el olor y el color: la naranja”

En su segunda pintura, Bodegón de naranjas, 1863, sigue la misma intencionalidad en el sentido de acercamiento al naturalismo desde el espíritu romántico. Consigue construir un verdadero icono de exaltación sensorial sobre tan atractivo fruto. La composición es muy elaborada y se ofrece como todo un ejemplo de minuciosidad técnica y de profundidad en el análisis de la propia realidad. De hecho, más que bodegón deberíamos es un altar o ara, en el que se ofrece tanto la estética como la sugerencia sensual de la naranja en sus diversas manifestaciones.

Se ha venido afirmando que esta parte superior se corresponde con un naranjo amargo; podría ser, si bien, la única indicación en ese sentido se encuentra en una de las hojas, en la que aparecen las pequeñas alas acorazonadas en el peciolo, propias del naranjo amargo. Por otra parte, se ha sugerido que el pintor habría realizado esta pintura en dos momentos: uno correspondiente a la floración primaveral, donde brotan las exuberantes flores de azahar, y otro otoñal con la presencia de las naranjas dulces. Cobra fuerza el hecho de que las naranjas pintadas en las ramas del árbol presenten un aspecto muy ajeno a la naturalidad del propio ramaje, frente a las presentadas en la parte inferior de mayor naturalidad, tanto en forma como en color. Lo que sí es muy resaltable es que en la parte inferior, presenta sobre la mesa todo un muestrario de las diversas formas en las que la naranja se ofrece: entera, pelada, abierta en gajos, cortada, así como productos extraídos de la misma, el zumo de naranja y el licor de naranja.

“Se trata de una verdadera ofrenda, un canto a la naturaleza propio del espíritu romántico y panteísta de Rafael Romero Barros”

Además de la meticulosidad y preciosismo en los detalles de las diferentes formas de la naranja, destacan algunos elementos que el pintor incorpora para enriquecer este altar dedicado a tan atractiva fruta: el vaso de zumo en el que, además del tratamiento del vidrio, incorpora una cucharilla de diseño típico de finales del siglo XVIII, realizada mediante estampado metálico, apreciándose la venera en el extremo del mango de la que salen los nervios que la recorren por ambos bordes; la botella de vidrio soplado, con panza lisa, cuello anillado, boca vuelta y tapón macizo polilobulado; y un bello ramo de flores formado por verbena, peonía, pensamiento y amarilis en su variedad lirio azteca o jacobeo. En suma, se trata de una verdadera ofrenda, un canto a la naturaleza propio del espíritu romántico y panteísta de Rafael Romero Barros.

Es fácil elucubrar sobre el motivo que determinó la elección y composición de esta obra, si bien tal vez fuera simplemente fruto de una observación romántica de una mente con formación naturalista. Sea como fuese, eligió para esta composición una sublimación de la naranja a través de sus diversas y sugerentes presentaciones, tanto visuales, olfativas, gustativas o de simple y puro placer estético contemplativo. Para ello optó por la construcción de un doble espacio: en su parte superior, el que podemos denominar “natural”, donde las ramas de un naranjo presentan un anacrónico muestrario de flores y frutos maduros; y en su parte inferior, el considerado “doméstico”, que ofrece diversas formas del propio fruto, junto a una composición floral.

Ramón Montes Ruiz. Profesor de Historia del Arte de la Universidad de Córdoba.